Tiempo de Trascendencia: El ser humano como un proyecto infinito (8)

Proyecto infinito8. ¿Cuál es, finalmente, el oscuro objeto del deseo?

El hecho es que los seres humanos deseamos ilimitadamente, pero ¿qué? ¿Qué podrá llenar el vacío del ser? “¿Por qué deseo lo ilimitado, la totalidad, y tan sólo encuentro fragmentos?” (p. 69) Somos seres en permanente protesta, pero es ahí donde está nuestra grandiosidad. Según Boff, hay tres actitudes que podemos adoptar frente a ese deseo infinito:

La primera proviene de los existencialistas (e.g., Sartre), para quienes los seres humanos estamos abiertos a lo infinito pero sin un objeto definido. Es una “pasión absurda” que nunca se realizará (p. 70). Debemos aceptar esa apertura a lo infinito y la angustia que nos supone como parte de nuestra condición humana básica.

La segunda actitud es la de los agnósticos, “que no desean definirse en relación a la apertura y la trascendencia y sufren con la falta de respuesta” (p. 70). Como humanos, sienten el deseo infinito, identifican posibles objetos de trascendencia, pero temen aprehenderse de alguno de ellos definitivamente. Boff ve una posible causa de este agnosticismo en aquellos grupos que presentan una falsa trascendencia, ya sean en los ámbitos de la filosofía o la religión. Es mejor estar lejos de ellos que identificarse con alguno. Es una búsqueda de seguridad ante expresiones de pseudotrascendencia.

La tercera actitud es la de las religiones, “que tienen el inaudito coraje –diría incluso que la osadía– de dar nombre a ese objeto de nuestro deseo, llamándolo «Dios», «Olorum» (candomblé), «Tao», «Yahvé»… o de cualquier otra forma: Padre, Hijo, Espíritu Santo…” (p. 71). Dios emerge como la respuesta existencial a la oscuridad y desorientación de la experiencia humana. Cosas tan sencillas como la mirada de un niño, la grandiosidad del cosmos, o la vida misma también pueden llevarnos a Dios. El deseo infinito se encuentra con el objeto infinito, lo que da descanso al ser humano.

La tradición mística (cristiana, musulmana, taoísta y sufi) afirma que nuestra profundidad más íntima es lo que llamamos «Dios». El fin del ser humano “consiste en pasar, del Dios que tenemos, al Dios que somos en nuestra profunda radicalidad” (p. 73). Somos connaturales con la realidad divina. Estamos abiertos a lo infinito y, por lo tanto, somos indescifrables. Nuestra cercanía al «Misterio» es posible debido a que Él la realidad que subyace a nuestra existencia. “[E]n Dios vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17.28 DHH). “Si Dios tiene algún significado, debe ser entendido así, como el objeto secreto de la búsqueda humana, el nombre reverente, el latido de nuestro corazón, aquel que se esconde detrás de todos los caminos, que nos conduce, finalmente, y nos sustenta.” (p. 73) Esto da base a Boff para afirmar un único Dios detrás de todos los caminos espirituales del ser humano. “[N]inguno de los caminos está errado. Cada uno de los caminos es camino hacia la fuente” (p. 74).

Tiempo de Trascendencia: El ser humano como un proyecto infinito (7)

Leonardo BoffContinuamos resumiento y meditando con el capítulo 7 del libro de Leonardo Boff, Tiempo de Trascendencia: El ser humano como un proyecto infinito (Sal Terrae, 2002).

7. El deseo y la trascendencia

El ser humano desea infinitamente, esa es nuestra naturaleza. Es, por tanto, común que experimentemos continuas frustraciones ante lo limitado de la vida. Pero, a pesar de todo, nuestro deseo continúa inamovible. Deseamos vivir para siempre, tenerlo todo y vivirlo todo. Si no prestamos atención podemos encauzar nuestras fuerzas hacia algo limitado, pensando que nos hemos encontrado ante “la totalidad de la realidad” (p. 63). El sustituir lo infinito por lo limitado es lo que Boff llama «pseudotrascendencia».

Un ejemplo que da Boff sobre la pseudotrascendencia es el marketing, que anuncia tal o cual producto y promete mujeres, autos y viajes de ensueño. Todo es vanidad pues se identifica la completa realización del ser humano con objetos finitos. Nos dice Boff:

Debemos pasar por todos esos objetos diciendo fundamentalmente: «El oscuro objeto del deseo humano no es este o aquel otro ser, esta o aquella otra realidad. No es un automóvil, ni una mujer espléndida, ni escribir un libro, ni hacer teatro, ni ser esto o lo de más allá. Es sumergirse en el ser, percibir nuestra sintonía con la totalidad, sentir que somos llamados al ser en plenitud, no a un pedazo del ser». (p. 64)

Debemos estar abiertos a lo infinito, pues a eso apunta nuestro deseo. “Cuando confundimos la realidad parcial con la totalidad de la realidad, surge la ilusión del fetiche, la ilusión dl [sic] endiosamiento, de la idolatría, de los falsos dioses” (p. 64).

Al final de este capítulo Boff muestra la dialéctica fundamental del ser humano: somos seres inmanentes y trascendentes. “[T]odos somos Adán, y al tiempo todos somos Cristo” (p. 65). Estamos muy bien situados en nuestra realidad pero nuestro deseo apunta a la infinitud. Una dimensión no puede existir sin la otra, sino, como un árbol, nos secaremos y moriremos.

Un diálogo necesario: Puerto Rico, Biblia y homosexualidad

diálogoSoy bastante tímido en temas controversiales, pero ahí va.

En Puerto Rico, durante los últimos meses, se ha desarrollado una fuerte polarización social en torno al tema de la homosexualidad. Los grupos religiosos, por un lado, proclaman la pecaminosidad de los que se abren a este estilo de vida mientras que, por otro, los grupos abiertos a la agenta LGBTT militan a favor de derechos para este grupo en el trabajo, para poder casarse y adoptar niños. Es una discusión que ya se ha dado en otros países y que ha dividido la Iglesia a nivel mundial.

Yo, como estudiante de seminario, me he visto expuesto a los argumentos y me he visto indirectamente envuelto en la discusión. Este es un asunto en el que son necesarias 1) claridad de argumentos y 2) paciencia para escucharlos. De manera voluntaria e involuntaria hemos heredado visiones sobre el mundo y concepciones que forman nuestra realidad. A continuación intentaré aclarar algunas concepciones que, a mi parecer, son erróneas y mostrar que la realidad es más complicada de lo que mostramos los creyentes. Hablo como fiel creyente de Jesús y como humano.

El fundamento más importante de la fe cristiana es la Biblia. En las iglesias se habla de esta como la “Palabra de Dios”, el “manual de fe”, y todo tipo de nombres que la exaltan como EL libro de los cristianos. En muchas ocasiones existe poca conciencia entre los creyentes de que la Biblia en realidad no es un libro. La Biblia proviene del griego ta biblía, «los libros» y, por lo tanto, el texto cristiano en realidad es un colección de escritos. Esta colección agrupa obras de diversos géneros literarios, provenientes de diferentes contextos y que contienen múltiples visiones sobre Dios, el ser humano y el más allá. Estos escritos pasaron por un proceso de selección de entre muchos otros y culminaron en lo que hoy llamamos el «canon». Mis términos favoritos para referirme a la Biblia son «las Escrituras» y, uno nuevo que debo practicar, «Antología Sagrada».

En círculos protestantes es muy extendida la doctrina de la sola scriptura, que establece la Biblia como fundamento único de la fe. Existen también doctrinas como la inerrancia de las Escrituras, que afirman que los escritos sagrados son libres de todo error, ya sea científico, histórico, espiritual, etc. Creo que lo que conocemos hoy deja a ambas doctrinas sin vigor. Las Escrituras nunca han sido el fundamento único de la fe. El ser humano es una convergencia del espacio y del tiempo, la suma de fenómenos físicos, psicológicos, sociológicos, culturales, políticos, educativos, experienciales, etc. Aunque nos refiramos a las mismas Escrituras, todos la entenderemos diferente y, en consecuencia, la aplicaremos diferente. La inerrancia es insostenible debido a la multiplicidad de voces dentro de las Escrituras. La armonización y explicación lógica y sistemática de todos los textos violenta la intención original de los autores (que, de hecho, nunca pensaron ser parte de la Biblia).

El proceso que se utiliza para comprender los documentos que componen la Biblia se llama «exégesis». Se reconoce que la Biblia es una colección de textos antiguos y que su comprensión por el lector posmoderno no está asegurada. Los escritos de la Biblia hebrea, el Primer Testamento, están escritos en hebreo y arameo, y los del Nuevo Testamento en griego, todas lenguas muertas. Haciendo estudios históricos, sociológicos y lingüísticos los eruditos buscan una mejor comprensión del texto, de las situaciones a las que hace referencia y las que lo originaron. La consecuencia de esos estudios son mejores traducciones y nuevos materiales educativos que expanden el conocimiento que ya poseemos. En relación a la homosexualidad debe reconocerse que el texto bíblico siempre es consistente en su negación como una posibilidad de vida. Pero ¿es suficiente que algo no haya sido aceptado antes para no aceptarlo jamás? La contestación a esa pregunta recae en la interpretación del texto.

La «hermenéutica» bíblica busca aplicar el texto bíblico al presente por medio de una interpretación adecuada. Cada generación de cristianos ha tenido que lidiar con los “hot issues” de su tiempo e interpretar la Biblia de la manera que ha creído más conveniente. La realidad es que la Iglesia ha hecho concesiones en asuntos como la esclavitud y la visión acerca de la mujer. En estos tiempos, ¿debe hacer una concesión también respecto a la homosexualidad?

No creo en la sola scriptura ni en la inerrancia porque no creo que sean sostenibles y porque me causarían una gran disonancia interior dado lo que ya conozco. Creo que la fe cristiana debe estar en diálogo con la cultura y con lo mejor de las ciencias. Pero aún más, creo que la fe cristiana debe tener en cuenta el bienestar integral del ser humano y su potencialidad en Dios. Las preguntas que la fe haría bien responder a la luz de nuestro conocimiento actual serían: ¿Qué es el «pecado»? ¿Es dañina una relación homosexual monógama y estable? ¿Se “dañan” los niños que son criados por padres homosexuales? ¿Cómo tratamos con el hecho de que entre homosexuales la tasa de depresión y suicidios es más alta que el resto de la población? Y la que creo más importante: ¿Cuál es el criterio para abandonar prácticas bíblicas en el pasado remoto y para establecer otras de manera permanente? Por ejemplo, ¿qué nos obliga a afirmar “No te acuestes con un hombre como si te acostaras con una mujer. Ése es un acto infame.” (Lv 18.22) y a no aplicar “El que cometa cualquiera de estas infamias, será eliminado de entre su pueblo.” (Lv 18.29)?

Se podrían decir muchas otras cosas, pero finalmente creo que el diálogo paciente e informado es el que logra cambios. Como percibo las cosas, parece que cada grupo está gritando al otro para proteger y dar poder a su grupo y no dialogando para lograr mutuo entendimiento. La iglesia necesita abrirse a un diálogo abierto y genuino, pues la respuesta no es tan clara como se pinta en los medios populares. Siempre se ha estado haciendo teología a la luz de la época que se vive y buscando la «revelación» de Dios en la historia. La comunidad LGBTT debe escuchar las preocupaciones de aquellos que por diversas razones no están de acuerdo con su agenda, responder a sus inquietudes, y mostrar apertura a estar equivocados. Ser mayoría no garantiza que lo que se afirme sea cierto y ser minoría tampoco. Debe haber un esfuerzo amplio de los mejores pensadores de cada grupo por informar al país si es que se quiere un país crítico, no alineado a las versiones más extremas de los de derecha y los de izquierda.

¿Ayuda este escrito a mover la conversación? Comenten.

Un poco de perdón, de hijos rebeldes y familias

Hijo pródigo“Yo perdono pero no olvido.” Esa es una frase que hemos escuchado muchas veces a lo largo de la vida. Tal vez nosotros mismos se la hemos dirigido a una persona que nos ha hecho daño en algún momento. ¿Qué nos sugieren estas palabras? Estas nos dicen que las consecuencias del daño causado aún perduran. Nada será igual. En una relación de pareja estas palabras pueden significar una separación definitiva. Por ejemplo, una de las partes accionó de manera irresponsable y luego pide perdón. La pareja acepta su arrepentimiento y le dice: “Te perdono”. Pero después añade: “No te guardo rencor, pero ya no podemos continuar juntos”. Esto nos dice que hay acciones que rompen los lazos familiares y relacionales de manera fulminante.

Uno de los sucesos más conocidos para las familias en Puerto Rico, que muchas veces es causa de grandes conflictos y separaciones, es el embarazo de adolescentes. Según el Departamento de Salud de Puerto Rico en el año 2008 hubo 8,136 nacimientos de madres adolescentes. De ese total, 147 madres eran menores de 15 años y 3,001 estaban entre los 15 y 17 años. En nuestro país los y las jóvenes en ese rango de edad están aún bajo el techo de sus padres. Además, todavía no terminan sus estudios superiores. En ocasiones la noticia significa un rompimiento en la relación de padres e hijos. Las altas expectativas que se pudieron tener de ese hijo o hija son tiradas por el suelo. Algunas relaciones familiares se recuperan de esa crisis, pero otras no. Este cuadro nos debe hacer pensar por qué surgen estas situaciones dentro del hogar y cómo se manejan.

En Lucas 15.11-32 también nos encontramos una historia de conflicto familiar. Sin pretender agotar el tema, esta parábola nos muestra un posible escenario de conflicto familiar y parte de la solución. La parábola nos cuenta de un hijo rebelde, posiblemente un adolescente, que quiere irse de casa. Para hacer posible sus planes toma una decisión que para esa época era una infamia, pedirle a su padre la herencia y el derecho a manejarla mientras él vivía. Al solicitar su herencia y el derecho a utilizarla mientras su padre vivía, el hijo menor corta la relación con su familia y comunidad. Si regresaba no lo tratarían muy bien, habría violencia, en especial cuando su familia supiese que gastó su fortuna en tierra extranjera.

El joven partió a una tierra lejana, pero las cosas no le fueron muy bien. Malgastó su dinero y, para sumar las cosas, hubo hambruna en la tierra que vivía. Esto lo obligó a tener un trabajo que cualquier judío consideraría degradante: cuidar cerdos. Su necesidad fue tal que pensó regresar arrepentido a la casa de su padre y solicitar ser como uno de sus trabajadores. Estos trabajadores era gente que se contrataba por un día y vivían en el límite de la pobreza. Para él vivir así sería mejor que su condición actual. Se dispuso y tomó el camino de regreso a su casa.

El texto nos dice que “cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y sintió compasión de él. Corrió a su encuentro, y lo recibió con abrazos y besos” (v. 20). No malentendamos el texto. Este padre no era puertorriqueño. Cuando alguien corría en el Próximo Oriente significaba que había una emergencia. Agarrarse la túnica para correr denotaba falta de dignidad y enseñar las piernas era causa de deshonor. El padre corre porque su hijo menor está en peligro de ser mal recibido por parte de la comunidad. Él tuvo compasión. Cuando el padre besa a su hijo y lo abraza da un mensaje público de que este se encuentra bajo su protección. El hijo expresa arrepentimiento y el padre responde restituyéndolo a su posición de hijo. Había dejado de ser hijo y había regresado arrepentido. Estaba muerto y había vuelto a vivir; se había perdido y había sido encontrado (v. 24). Por esta razón se celebra una gran fiesta en la casa del padre.

Vale la pena hacer un alto para aclarar unos puntos importante. En primer lugar, la iglesia cree en el perdón que detiene el ciclo de violencia. Decir que se perdona pero mantener relaciones hostiles hacia otros no es verdadero perdón. En casos de pareja, si perdonamos y continuamos la relación tendremos que vivir con las consecuencias de las acciones que nos afectaron, pero estas no serán la causa de nuestras peleas. Cuando perdonamos y restituimos una relación es para movernos adelante, no para estar mirando hacia atrás y haciendo reclamos de un pasado que no se puede cambiar. En segundo lugar, se pueden restituir relaciones cuando hay un verdadero arrepentimiento y un cambio relativamente permanente en la conducta. Esto es particularmente importante para aquellos involucrados en ciclos de violencia en la familia. La iglesia promueve el perdón hacia aquellos que hacen daño pero también afirma que hay que manejar adecuadamente las situaciones de violencia que no tenemos porqué soportar. Contrario a lo que se anunciaba en los púlpitos en el pasado, los cristianos de hoy no predicamos el masoquismo. La vida de hombres, mujeres y niños valen para Dios y para nosotros. Estamos en contra del maltrato y la violencia en todas sus manifestaciones.

Como decíamos, el padre recibió al hijo y, con sus besos y abrazos, lo protegió de la respuesta natural que le hubiese dado su familia y comunidad. Recordemos que en una cultura patriarcal el padre es el jefe de familia y se respeta su decisión. Sin embargo, el hijo mayor responde al acto restaurador del padre con malestar. “¿Cómo es posible que mi padre le haga una fiesta a alguien que malgastó su herencia?” Aún más, el hijo mayor teme que ahora que el hijo menor ha vuelto merme la parte de la herencia que le corresponde.

¿No es la respuesta del hijo mayor la que tendríamos todos nosotros? La realidad es que muchas veces las familias tenemos que lidiar con las consecuencias de decisiones que no fueron nuestra culpa. Ahora que el hijo menor ha sido restituido a la familia es el hermano mayor, el que siempre estuvo ahí para su padre, quien se exilia y deja de ser feliz. Él no está contento de que el que estaba perdido hubiese regresado. No está contento de tenerlo bajo su techo, porque lo que queda de herencia le pertenece a él. Es un buen momento para reflexionar sobre cómo tratamos a aquellos de nuestra familia que se han equivocado en algún momento pero que siguen estando ahí. Aún más, debemos evaluar si esas relaciones nos están drenando la vida y nos están quitando la alegría. Si una situación le afecta de manera profunda no dude en solicitar la ayuda del pastor o la de algún profesional. Su vida vale mucho.

La iglesia está llamada a ser una comunidad de perdón y restauración. Nosotros somos «los hijos y las hijas menores» que han vuelto a casa. Nuestro padre es Dios y él nos ha protegido dándonos un ambiente propicio para comenzar otra vez, la iglesia. Qué mal hubiese sido que alguien nos dijera, como pensaba el hermano mayor, que no teníamos oportunidades de ser parte de la familia de Dios. El arrepentimiento en nuestro corazón ha abierto las puertas a una relación restaurada con Dios y con nuestro prójimo.

Somos llamados hoy a reproducir ese perdón divino (protector y restaurador) en nuestras familias. ¿Cómo están las relaciones en su hogar? ¿Hay arrepentimiento? ¿Hay perdón? ¿Qué decisiones se deben tomar para que haya una vida plena en su familia? ¿Cómo es su relación con aquellos que han tomado malas decisiones y se han arrepentido? ¿Reciben su apoyo o son echados a un lado? Necesitamos que Dios esté presente en la vida de nuestras familias. Nos ayude Dios a vivir plenamente experimentando su perdón y anunciándolo al mundo a través de nuestras relaciones familiares.

¡Samaritanos! ¡Pónganse de pie! ¡Siguen siendo amados!

Buen samaritano

En la vida nos encontramos con personas que, ya por experiencias vividas o por tradición, tratamos con desdén. En ocasiones ni nos damos cuenta de la actitud ofensiva y defensiva que tenemos ante ciertas personas. Hoy afirmaremos que el testimonio bíblico, en particular la vida de Jesús, nos llama a un trato más humano al prójimo que rechazamos y juzgamos, cualquiera sea la razón. Analizaremos el caso del pueblo samaritano en relación a los judíos y el trato de Jesús a este grupo.

Debemos comenzar por la pregunta obvia: ¿quiénes eran los samaritanos? La procedencia de los samaritanos y la razón fundante de su conflicto con los judíos no están claras. Probablemente los samaritanos eran medio judíos, pero otros explican su procedencia de cinco grupos extranjeros que llegaron a territorio de Israel y se mezclaron con la población local. Ellos daban culto a Yahvé en un lugar diferente a los judíos, en las laderas de un monte llamado Garizín. Los samaritanos produjeron su propio Pentateuco (los primeros cinco libros de nuestra Biblia), hicieron su propia liturgia (culto) y su propia literatura. Su religión era sincretista, es decir, que mezclaba elementos de la religión local con otras religiones.

Los judíos y samaritanos afirmaban sus diferencias de tal manera que se odiaban mutuamente. Eclesiástico, un libro apócrifo o deuterocanónico de origen judío, habla así: “Hay dos naciones que aborrezco, y otra más que ni siquiera merece el nombre de nación: los habitantes de Seír, los filisteos y la estúpida gente que vive en Siquem.» (50.25-26). Un ejemplo del odio entre judíos y samaritanos en la vida de Jesús se encuentra en Lc 9.51-56. El v. 51 nos habla del momento que Jesús decide caminar hacia Jerusalén, donde moriría, resucitaría y luego ascendería a los cielos. El camino más corto para ir de Galilea a Jerusalén pasaba por Samaria. Debido al enfrentamiento, muchos preferían tomar otro camino para evitar el contacto. Jesús decidió tomar el camino que pasaba por Samaria, pero como iba a Jerusalén, el lugar de culto judío, fue rechazado por los samaritanos. ¿Cómo respondieron Jesús y sus discípulos? Ahí radica la enseñanza.

Tras Jesús ser rechazado en el pueblo samaritano, dos de sus discípulos, Santiago y Juan, los denominados “hijos del trueno” en Marcos, le dicen a Jesús: “Señor, ¿quieres que ordenemos que baje fuego del cielo y que acabe con ellos?” (v. 54). A Jesús no le gustó la pregunta y el texto nos dice que “Jesús se volvió y los reprendió” (v. 55). ¿Qué nos dice esto sobre nuestra propensión a juzgar a aquellos que no aceptan a Jesús? ¿Le ha subido a usted “la ira santa” que experimentaron los discípulos? Aunque sean samaritanos, aunque no reciban a Jesús, como a discípulos de Cristo no se nos ha dado la potestad de juzgar. Si alguien lo ordena, baja fuego y alguien muere, ¡sabemos que Jesús es inocente!

Otro pasaje que habla sobre los samaritanos es Lc 10.25-37. En él Jesús responde a las preguntas de un maestro de la ley. Entre ellas se encuentra “¿quién es mi prójimo?” (v. 29). Jesús procede entonces a contar una parábola de cómo un hombre (judío) fue gravemente herido por unos ladrones y cómo un sacerdote y un levita, por miedo a no contaminarse con un muerto, ignoran al herido al lado del camino (vv. 30-32). Lo interesante es que luego pasa un samaritano que, “al verlo, sintió compasión” (v. 33). Dice el texto que lo curó, lo cargó, le rentó un lugar, lo cuidó y se comprometió a pagar todos los gastos (vv. 34-35). Al final, Jesús no le respondió la pregunta al maestro de la ley, sino que le dijo que tenía que ser como el samaritano de la parábola. Jesús se negó a perpetuar el conflicto entre grupos. En su utilización del samaritano en la parábola Jesús afirmó la humanidad fundamental de este grupo. A veces podemos estar tan prejuiciados hacia cierta gente que no podemos ver ni una pisca de bondad en sus personas.

El último ejemplo se encuentra en Lc 17.11-19. Ahí nos encontramos a un grupo de leprosos que buscan la sanidad de Jesús, cosa que Jesús no les niega (vv. 12-14). Solo uno de ellos volvió “y se arrodilló delante de Jesús, inclinándose hasta el suelo para darle las gracias. Este hombre era de Samaria” (v. 16). Este ejemplo nos muestra que aún entre aquellos que podemos echar a un lado hay posibilidades de fe. Dios nos llama a todos. Todos somos amados por Dios.

¿Qué haremos, pues? Lo primero es identificar a los samaritanos de nuestra vida, de nuestro pueblo y de nuestro país. ¿Quiénes son los recipientes de nuestro odio (¡Dios lo reprenda!) y menosprecio? Esa es una asignación que cada uno de nosotros debe realizar diariamente. Luego imitemos la actitud de Jesús:

  1. No juzguemos porque esa persona o grupo no responda afirmativamente al llamado cristiano.
  2. No asumamos lo peor de ese prójimo odiado o menospreciado. Jesús utilizó a un samaritano como ejemplo de compasión y actitud desinteresada. En cada ser humano hay potencial de bien.
  3. Estemos abiertos a ser sorprendidos por la misericordia de Dios en aquellos que no creemos dignos de tal regalo. Después de todo, si seguimos a Pablo, “todos han pecado y están lejos de la presencia gloriosa de Dios” (Rm 3.23), incluidos nosotros.

Por lo tanto hermanos, al seguir a Jesús nos introducimos en el mandamiento fundamental del que nos habla 1 Jn 3, “que nos amemos unos a otros” (v. 11). Pero no lo pensemos en un sentido restrictivo, como si fuese un amor reservado para los hermanos en la fe. Jesús nos dice en Lc 6.27-42:

27 »Pero a ustedes que me escuchan les digo: Amen a sus enemigos, hagan bien a quienes los odian, 28 bendigan a quienes los maldicen, oren por quienes los insultan. 29 Si alguien te pega en una mejilla, ofrécele también la otra; y si alguien te quita la capa, déjale que se lleve también tu camisa. 30 A cualquiera que te pida algo, dáselo, y al que te quite lo que es tuyo, no se lo reclames. 31 Hagan ustedes con los demás como quieren que los demás hagan con ustedes.

32 »Si ustedes aman solamente a quienes los aman a ustedes, ¿qué hacen de extraordinario? Hasta los pecadores se portan así. 33 Y si hacen bien solamente a quienes les hacen bien a ustedes, ¿qué tiene eso de extraordinario? También los pecadores se portan así. 34 Y si dan prestado sólo a aquellos de quienes piensan recibir algo, ¿qué hacen de extraordinario? También los pecadores se prestan unos a otros, esperando recibir unos de otros. 35 Ustedes deben amar a sus enemigos, y hacer bien, y dar prestado sin esperar nada a cambio. Así será grande su recompensa, y ustedes serán hijos del Dios altísimo, que es también bondadoso con los desagradecidos y los malos. 36 Sean ustedes compasivos, como también su Padre es compasivo.

37 »No juzguen a otros, y Dios no los juzgará a ustedes. No condenen a otros, y Dios no los condenará a ustedes. Perdonen, y Dios los perdonará. 38 Den a otros, y Dios les dará a ustedes. Les dará en su bolsa una medida buena, apretada, sacudida y repleta. Con la misma medida con que ustedes den a otros, Dios les devolverá a ustedes.»

39 Jesús les puso esta comparación: «¿Acaso puede un ciego servir de guía a otro ciego? ¿No caerán los dos en algún hoyo? 40 Ningún discípulo es más que su maestro: cuando termine sus estudios llegará a ser como su maestro.

41 »¿Por qué te pones a mirar la astilla que tiene tu hermano en el ojo, y no te fijas en el tronco que tienes en el tuyo? 42 Y si no te das cuenta del tronco que tienes en tu propio ojo, ¿cómo te atreves a decir a tu hermano: “Hermano, déjame sacarte la astilla que tienes en el ojo”? ¡Hipócrita!, saca primero el tronco de tu propio ojo, y así podrás ver bien para sacar la astilla que tiene tu hermano en el suyo.

¡Así nos ayude Dios!

Un bautismo de pasada (Lc 3.21-22)

Bautismo de Jesús

El texto bíblico es un mosaico, una conglomeración de obras que, a pesar de sus diferencias, han guiado comunidades y gentes a la vida abundante en Cristo Jesús. A lo largo de las generaciones se han contado las historias bíblicas, muchas de las cuales hemos aprendido desde pequeños y que son populares aun fuera de la Iglesia: David derrota a Goliat, la fuerza de Sansón, Jonás en el estómago de la ballena, la sabiduría de Salomón, la creación de Adán y Eva, etc.

Recuerdo cuando de pequeño mi papá y mi mamá se acostaban a mi lado en la cama a la hora de dormir y me leían alguno de estos relatos. También recuerdo cuando de pequeño iba a la escuela bíblica y de maneras diversas aprendía junto a otros niños estas historias. Son momentos que no se olvidan. Y es muy bueno que recordemos todas estas historias y sepamos que están ahí. Sin embargo, como diría el apóstol Pablo, “cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero al hacerme hombre, dejé todas las cosas de niño”(1 Co 13.11). Muchas veces hemos escuchado las historias bíblicas miles de veces pero aún no hemos estudiado el texto mismo y su significado.

En el caso de los «Evangelios» sucede lo mismo. Hemos escuchado sobre Jesús, sobre su nacimiento, vida, muerte, resurrección y ascensión. Y en ocasiones, sin querer, aplanamos la vida de Jesús a una única historia cuando en realidad en nuestra Biblia tenemos cuatro. Cada Evangelio testifica a su manera sobre la vida de Jesús. Por esto, no pensemos por un momento que las historias de Jesús que se encuentran en uno tienen que ser similares en el otro. Cada evangelista le ha dado su toque a los relatos y quiere enseñar algo muy suyo, muy particular, sobre lo que él piensa sobre Jesús.

Cuando se estudia cómo se formó el libro de Lucas, los eruditos están de acuerdo que él tenía a la mano al Evangelio según Marcos, una fuente de dichos de Jesús llamada «Q» y otros recursos únicos de él. Lucas tomó a Marcos como una de sus fuentes principales y, la mayoría del tiempo, sigue su secuencia de la vida de Jesús. Pero no piense que fue un “copy/paste”. Lucas editó lo recibido de Marcos y, junto al resto de los materiales que tenía, hizo una narrativa propia de la vida de Jesús.

Un ejemplo muy claro lo es el pasaje de Lc 3.21-22, el denominado pasaje del bautismo de Jesús que Lucas toma de Marcos. ¿Cuántos de nosotros no hemos escuchado que Jesús fue bautizado por Juan el Bautista, que luego el cielo se abrió, bajó el Espíritu como paloma y Dios habló? Debemos estar atentos a las palabras que se nos presentan pues los «Evangelios» no nos dan una única perspectiva sobre el suceso. El texto de Mc 1.9-11 dice:

Por aquel entonces vino Jesús desde Nazaret de Galilea, y fue bautizado por Juan en el Jordán. En cuanto salió del agua, vio que los cielos se rasgaban y que el Espíritu, en forma de paloma, bajaba sobre él. Entonces se oyó una voz que venía de los cielos: «Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco.»

Si nos fijamos, en Marcos es explícito que Juan el Bautista bautiza a Jesús. Mientras Jesús sale del agua tiene la visión del Espíritu bajando sobre él. Se oye entonces una voz de los cielos que se dirige a Jesús. El texto de Lucas nos da otro énfasis, tanto así que el pasaje no debe siquiera titularse el “Bautismo de Jesús”. Les invito a reflexionar en lo que Lucas nos intenta enseñar. El texto de Lc 3.21-22 dice:

Toda la gente se estaba bautizando. Jesús, ya bautizado, se hallaba en oración, cuando se abrió el cielo, bajó sobre él el Espíritu Santo en forma corporal, como una paloma, y llegó una voz del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.»

En primer lugar, debemos notar que no se hace mención de Juan el Bautista en ningún momento del pasaje. Lo que en Marcos era explícito, en Lucas es implícito. ¿Por qué razón Lucas no pone a Juan bautizando a Jesús? La razón está en un posible malentendido: se podía pensar que Juan era mejor que Jesús y que Jesús era un pecador que necesitaba arrepentimiento. Es por esto que Lucas encarcela a Juan antes del bautismo de Jesús (3.19-30) y hace mención de su bautismo de pasada. Cuando llegamos a Jesús él ya a sido bautizado junto al resto de la gente (3.21).

En segundo lugar, notamos que Jesús experimenta la visión mientras está orando. Este es un elemento encontrado solamente en Lucas, ya que la oración es uno de sus temas predilectos. La visión y la voz del cielo son una respuesta a la oración. En Lucas, los eventos importantes del ministerio de Jesús son precedidos usualmente por momentos de oración. Por ejemplo, Jesús ora antes de elegir a los doce discípulos (6.12-16), antes de preguntarle a los discípulos sobre su identidad y escuchar la confesión de Pedro (9.18-21), durante la transfiguración (9.28-36), cuando le enseña a sus discípulos «El Padre Nuestro» (11.1-13), en el monte de los Olivos antes de su pasión (22.39-46), etc. Si tomamos todos los textos que hablan de la oración en la obra Lucas-Hechos nos daremos cuenta que Lucas ve la oración como algo fundamental, no solo para Jesús, sino para la vida de la comunidad cristiana.

Tercero, en respuesta a la oración hacen aparición el Espíritu y una voz del cielo. El relato dice que el Espíritu Santo bajó sobre Jesús en forma corporal. El hecho de que Lucas añada la corporeidad del Espíritu hace énfasis en cuán real fue la experiencia. El Espíritu realmente bajó sobre Jesús. ¿Por qué “como una paloma”? La referencia a la paloma para una persona en el Mediterráneo era símbolo de la benevolencia de Dios. Esa benevolencia se confirma con la voz que llega del cielo: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco.» La voz confirma que hay una relación especial entre Dios y Jesús, una relación de padre-hijo.

¿Por qué Jesús oró? ¿Por qué el Espíritu bajó sobre él y llegó esa voz del cielo? Antes se mencionaba que en el Evangelio según Lucas Jesús aparece orando en momentos importantes de su vida. En Lc 3.21-22 Jesús ora porque está por comenzar su ministerio. El Espíritu Santo baja sobre él y la voz divina confirma su filiación con Dios porque ya había llegado el momento de comenzar a anunciar el Reino de Dios. Lc 3.23 nos lo confirma cuando nos dice: “Tenía Jesús, al comenzar, unos treinta años.” Por lo tanto, en el relato del “bautismo” se nos explica “cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret” (Hch 10.38). Es por lo que sucede en Lc 3.21-22 que luego Jesús podrá decir:

El Espíritu del Señor sobre mí,

porque me ha ungido

para anunciar a los pobres la Buena Nueva,

me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

para dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor. (Lc 4.18-19)

¿Qué podemos aprender de este pasaje? Lucas nos enseña que toda decisión de importancia en la vida y toda empresa ministerial debe ser precedida por momentos de oración. Dios quiere respaldar nuestros esfuerzos y asegurarse que culminarán en vida abundante. El Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan (Lc 11.13). Es por el Espíritu que en momentos de crisis y muerte hay esperanza de resurrección. Es por el Espíritu que tenemos la confianza de que nuestra vida está dentro de un plan mayor que el nuestro, en el mismísimo plan de Dios. Es por el Espíritu que podemos servir al prójimo con efectividad. Es por el Espíritu que podemos vivir en santidad venciendo diariamente las tentaciones del diablo (cf. Lc 4.1-13).

Imitemos, pues, al Jesús orante. Al Jesús, que lleno del Espíritu, inició su obra de servicio al pueblo judío. Seamos una Iglesia que ora. Seamos una Iglesia que clama a Dios por el Espíritu Santo. Seamos una Iglesia que, empoderada por ese Espíritu, ministra a su comunidad. Dios llama a su Iglesia.

Dios nuestro, te damos gracias por el texto bíblico. Hoy reflexionamos sobre Jesús en uno de sus momentos de oración y cómo lo ungiste para su ministerio. Permite que sigamos su mismo patrón. Que oremos por tu dirección para tomar decisiones importantes y que tu Espíritu dirija nuestras vidas a servir a nuestro prójimo. Gracias por hacernos tus hijos. Ayúdanos a complacerte diariamente. En el nombre de tu hijo Jesús, AMÉN.

Jesús, la consolación de Dios

Simeon recibe a Jesús

“El evangelio” es la historia de Jesús de Nazaret contada como el clímax de la larga historia de Israel, que a su vez es la historia de cómo el único Dios verdadero está rescatando al mundo. —N.T. Wright[1]

Nuestro país espera consuelo. El mundo espera consuelo. Lo que los cristianos declaran como evangelio, «buena nueva», es que el consuelo ya llegó, que estuvo y está en medio de nosotros. Actualmente ese consuelo vive y reina a la diestra del Padre. Su nombre es Jesús.

Nuestra tentación es hacer del evangelio una fórmula de salvación cuando en realidad el evangelio es una historia. Es la historia de cómo, a través de Cristo Jesús, Dios reconcilia al mundo consigo mismo. Es por eso que Mateo, Marcos, Lucas y Juan, biografías de la antigüedad, biografías de Jesús, fueron tituladas como Evangelio. La «buena nueva» es que la historia de Israel, reflejada en el Antiguo Testamento, llegó a su cumplimiento definitivo en la vida de Jesús de Nazaret.

En Lc 2.22-40 se nos presenta un testigo del consuelo de Dios a su pueblo Israel. Su nombre fue Simeón. ¿Quién fue Simeón? Realmente no tenemos mucha información sobre él aparte de lo que se nos ofrece en este pasaje. Sabemos que vivía en Jerusalén y que “era una persona justa y piadosa, que esperaba que Dios consolase a Israel; y estaba en él el Espíritu Santo” (v. 25). Se nos añade también que “el Espíritu le había revelado que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (v. 26). Por esta razón muchos eruditos suponen que Simeón era ya muy anciano.

La relevancia de Simeón radica cuando José y María llevan al niño Jesús al Templo para presentarlo al Señor, él “lo tomó en brazos y alabó a Dios” (v. 28) con una de las oraciones más memorables de los primeros capítulos de Lucas:

«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra,

dejar que tu siervo se vaya en paz,

porque han visto mis ojos tu salvación,

la que has preparado a la vista de todos los pueblos,

luz para iluminar a las gentes

y gloria de tu pueblo Israel.» (vv. 29-32)

Nuestro problema hoy día consiste en nuestra falta de fe para ver a Jesús como el consuelo a nuestras situaciones difíciles. Simeón es un modelo de fe que debemos imitar pues él, aunque Jesús era niño aún, vio con los ojos de la fe la salvación de Dios y experimentó paz.  Veamos algunas características de Simeón que pueden fortalecer nuestra vida espiritual y nuestra esperanza.

En primer lugar fijémonos en el nombre Simeón, que significa «Dios ha oído». El papel de Simeón en el relato es el de recipiente de la promesa del Mesías. Las oraciones que el pueblo de Israel había levantado a Dios por muchos años desde tiempos remotos, como nos muestra el Antiguo Testamento, reciben contestación en el recibimiento que Simeón le hace al niño Jesús. Podemos entonces confiar en que Dios escucha nuestras oraciones. No importa el tiempo que haya pasado, Dios oye nuestro clamor y responde salvíficamente al mismo. Dios ha oído. Tenemos esperanza.

También se nos dice que Simeón “era una persona justa y piadosa” (v. 25). Simeón era una persona recta, honrada y santa. Era una persona sumamente preocupada por cumplir sus responsabilidades religiosas. Lucas nos muestra un hombre íntegro. La fe que Simeón confesaba en el Dios de Israel no estaba separada de su vida. ¿Cuántos de nosotros nos describiríamos como justos y piadosos? ¿Practicamos la justicia? ¿Cumplimos con Dios y con nuestro prójimo?

La justicia y la piedad religiosa son el contexto donde el Espíritu Santo se manifiesta. El Espíritu Santo estaba en Simeón. El pasaje nos afirma que el Espíritu “le había revelado [a Simeón] que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor” (v. 26). El Espíritu movió al Simeón al Templo para que se encontrara con Jesús (v. 27). Cuando practicamos la piedad y la justicia el Espíritu se nos revela y nos guía en nuestro caminar. Cuando el Espíritu está en nosotros y respondemos al llamado de Dios somos guiados a senderos de vida y esperanza. El Espíritu Santo da paz pues nos hace descansar en las promesas de Dios.

Por último, Simeón “esperaba que Dios consolase a Israel” (v. 25). Mientras hay espera hay esperanza. Hoy, cuando vemos la situación de nuestro país, muchos tenemos deseos de echar todo a perder. “Este país no sirve.” “Las cosas están malas.” ¿Son estas las palabras de personas que esperan algo? Simeón nos invita a estar vigilantes a la situación de nuestro país con esperanza. Escuchamos malas noticias y oramos porque tenemos fe que Dios escucha.

En Jesús ha llegado la salvación de Dios a nuestra vida. Jesús es la salvación que Dios ha “preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a las gentes y gloria de [su] pueblo Israel” (vv. 31-32). Recibamos a Jesús como Simeón lo hizo, con una vida justa, piadosa, llena del Espíritu y esperando la consolación de nuestro país. Dios responderá porque ya respondió en Cristo Jesús. AMÉN.


[1] Scot McKnight, The King Jesus Gospel: The Original Good News Revisited (Grand Rapids: Zondervan, 2011), 12.