Lo que Pablo perdió (3)

Seguimos discutiendo el libro Spirituality According to Paul: Imitating the Apostle of Christ de Rodney Reeves. El capítulo uno, Foolish Death: Suffering the Loss of All Things, nos explica lo que Pablo perdió cuando se encontró a Jesús de camino a Damasco.

Reputación

Una vida crucificada no es común. Es difícil entender cómo la cruz restaura un mundo roto. Pablo, como apóstol a los gentiles, era el responsable de mostrarles a sus conversos cómo se veía estar crucificado con Cristo. Y aunque todos sus conversos estuvieron de acuerdo en que la cruz era poder para salvación a todo aquel que cree, no todos quisieron imitar la vida crucificada que Pablo les mostró. Al contrario, tras la predicación paulina se presentó ante ellos otro modo de vivir más seguro y tentador.

¡Gálatas insensatos! ¿Quién os ha fascinado, después que ante vuestros ojos ha sido presentado Jesucristo crucificado? (Gál 3.1)

A los gálatas Jesus no fue presentado únicamente a través de la predicación. Pablo fue recibido como “un mensajero de Dios”, como su fuese Cristo mismo (Gál 4.14). No solamente sus acciones hablaban de Jesús; también el cuerpo de Pablo llevaba las marcas de la cruz. “Llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús” (Gál 6.17). ¿Quién quiere vivir humillado, rechazado, maltratado, marcado, crucificado?––debieron preguntarse los gálatas.

Para nosotros es difícil abandonar nuestra seguridad y hacer sacrificios en pos de una vida celestial, anteponiendo esta última a las necesidades del presente. Los gálatas experimentaron lo mismo. Con el fin de evitar persecución algunos de ellos forzaron a la comunidad a someterse a la ley judía. La cruz les costaba la vida y no querían morir. “Solo un evangelio sin cruz sería buenas nuevas” para ellos.

Reeves nos advierte de predicar un evangelio sin cruz. En ocasiones utilizamos el evangelio como trampolín para dar mensajes de auto-ayuda. “Y sin embargo para Pablo, el problema es el mismísimo lugar donde la cruz es más evidente.”

Lo que Pablo perdió (1)

Seguimos discutiendo el libro Spirituality According to Paul: Imitating the Apostle of Christ (InterVarsity Press, 2011) de Rodney Reeves. Las próximas entradas estarán dedicadas a discutir el capítulo uno, Foolish Death: Suffering the Loss of All Things.

Terminábamos la entrada pasada preguntándonos qué perdimos cuando nos encontramos con Jesús. «Si vamos a imitar a Pablo, tal vez él nos ayude a entender qué perdimos cuando ganamos a Cristo» –nos dice Reeves.

Perdimos el derecho a la presunción

Como antiguo fariseo, «Pablo acostumbraba presumir de su linaje, su religión, su pasión por “la causa,” de cómo siempre tenía la razón». Pero el encuentro en el camino a Damasco enterró todas sus pretensiones. Quién él era ya no importaba. Todo aquello que le daba estatus ya no valía más. De lo único que Pablo pudo presumir luego de la cristofanía fue de la cruz. La cruz de Cristo le recordaba «su propia debilidad, su propia insuficiencia, lo equivocado podía estar».

«Lo que quiero es conocer a Cristo, sentir en mí el poder de su resurrección y la solidaridad en sus sufrimientos; haciéndome semejante a él en su muerte» –dijo Pablo en Filipenses 3:10. Y esa muerte redentora de Cristo en la cruz viró el mundo al revés. Específicamente, anuló las pretensiones de Pablo de decir que estaba bien en su propia opinión.

Reeves hace una gran afirmación: «la cruz debe hacernos reticentes en declarar quién es maldecido por Dios». Vemos los desastres personales de personas y nos preguntamos qué hicieron para merecerlo. Vemos desastres en países como Haití y se escuchan cristianos afirmando que fueron castigados por su pecado. Irónicamente no nos expresamos igual sobre Jesús. Al contrario, hablamos de la muerte de Jesús como el amor de Dios por nosotros.

«De hecho, a causa de la cruz, los cristianos sostienen la idea absurda que las maldiciones deben ser aceptadas como bendiciones, que en la muerte injusta de Jesús es donde encontramos justificación, que la culpa es irrelevante a los propósitos de Dios y que los días oscuros son signos del favor divino.»

Pablo acogió en sí al Cristo crucificado, de manera que la maldición en realidad era bendición y la debilidad, fortaleza. El orgullo dio paso a la humildad, la que Pablo exaltó como virtud. «Si de algo hay que gloriarse, me gloriaré de las cosas que demuestran mi debilidad» (2 Corintios 11:30). «La cruz de Cristo no solamente explicaba un mundo roto; sino que también corrigió un mundo roto.»

¿Cómo cambiaría tu vida si perseguir la cruz de Cristo fuera el propósito de la vida cristiana?

¿Perdiste tus presunciones cuando te encontraste con Jesús?

La espiritualidad según Pablo

Debo admitir que en lo referente al material paulino en las Escrituras soy un total neófito. Es por esa razón que llamó mi atención el libro de Rodney Reeves, Spirituality According to Paul: Imitating the Apostle of Christ (InterVarsity Press, 2011). El libro se propone adentrarnos en la vida y pensamiento del apóstol Pablo desde una perspectiva global que abarca toda su obra. Y debo decirlo, si Reeves está en lo cierto, el evangelio que Pablo predicó es la puerta angosta de la que Jesús habló (Mt 7:13-14). El mensaje que se expone es muy difícil y rompe toda concepción conformista que quiera amoldar el cristianismo a un determinado estatus social o a una cultura.

El libro comienza haciendo una pregunta: «¿Cómo se supone que los creyentes de Cristo sigamos a un hombre que nunca hemos conocido?» (p. 13). Hoy la respuesta puede ser sencilla: leyendo los Evangelios. Pero no siempre fue así. Antes que los Evangelios fuesen escritos hubo un hombre que nunca conoció al Jesús histórico que llevó el mensaje de Jesús por todo el imperio romano: Pablo de Tarso.

Lo que es más sorprendente es que este hombre (Pablo) afirmó categóricamente en sus cartas: «Sigan ustedes mi ejemplo, como yo sigo el ejemplo de Cristo» (1 Corintios 11:1). ¿De donde provenía tal confianza? Él afirmó que Cristo mismo le había revelado su evangelio. «No lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino que Jesucristo mismo me lo hizo conocer» (Gálatas 1:12). Tales afirmaciones fueron tan cuestionables en el tiempo de Pablo como lo podrían ser hoy día. Sin embargo, Pablo nunca dudó de su apostolicidad ni de la veracidad de su mensaje. Incluso se menciona que Pablo tuvo la “osadía” de reprender a Pedro cuando entendió que no se comportaba según el evangelio de Jesús (Gálatas 2:11-14; p. 14).

¿Qué era el evangelio para Pablo? El evangelio para Pablo no era únicamente un mensaje para ser proclamado, también era una manera de vivir. ¿Cuál era el contenido esencial de ese evangelio? Que Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado, fue levantado al tercer día y se le apareció a los apóstoles (1 Corintios 15:3-8). Pablo hizo de la muerte, sepultura y resurrección de Jesús la plantilla de la espiritualidad cristiana. «Y como el evangelio era más que un conjunto de creencias––era una manera de vivir––Pablo creyó que su vida revelaba el evangelio de Cristo Jesús: él fue crucificado con Cristo, él fue sepultado con Cristo y el fue levantado con Cristo» (p. 15). Como apóstol de los gentiles, la persona que mejor podría mostrar lo que era ser cristiano a los nuevos conversos era él.

Pero Pablo no quería que lo imitasen en todo; después de todo él era judío. Es por esa razón y a causa de la confusión que significaba presentar una religión originalmente judía a una población gentil que Pablo escribió sus cartas a diferentes comunidades. Finalmente, el asunto no era imitar a Pablo sino crear una comunidad llena del Espíritu Santo que manifestara la muerte, la sepultura y la resurrección de Cristo.

En las próximas entradas exploraremos a más profundidad el pensamiento de Pablo.

¿En qué medida la Iglesia contemporánea encarna la muerte, sepultura y resurrección de Cristo? ¿Cómo reta el entendimiento evangélico de Pablo al mensaje que hoy día predicamos?