¿Quién pone las reglas?

«Tu vives bajo mi techo y debes obedecer las reglas de esta casa.» Esas fueron las palabras de mi mamá un día que quise hacer lo que me dio en gana. Y tenía razón. Por mi recién descubierta capacidad mental y de palabras creí por un tiempo que sabía mejor que mis padres y que el mundo. Pero no era así, después de todo estaba en mi adolescencia. La perspectiva de mi madre era más amplia que la mía, ella veía cosas que yo no, y lo que es cierto en cualquier relación, si quería seguir disfrutando de los privilegios de esa relación debía mantenerla feliz haciendo cosas con las que ella estuviese de acuerdo.

Los discípulos de Jesús en una ocasión fueron testigos de un tremendo regaño de su maestro. El relato se encuentra en Marcos 8:31-38. Justo después que los discípulos le reconocieron como el Mesías, Jesús les dijo por primera vez que iba a sufrir y morir a manos de los líderes que se encontraban en Jerusalén y que resucitaría al tercer día. Al escuchar esto, Pedro se alarmó y se puso a regañar a su maestro. ¡Qué tremendo el Pedrito! «¡Apártate de mí, Satanás! Tú no ves las cosas como las ve Dios, sino como las ven los hombres.» Esas fueron las palabras de Jesús a Pedro.

La misión de Jesús era diferente a lo que la gente pensaba que debía ser el Mesías. Con este regaño Jesús hizo valer su autoridad de maestro y Mesías. Ninguno de sus discípulos era quién para definir su misión. Eran ellos quienes le seguían, no Él a ellos. Y no era fácil lo que les pedía:

Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda la vida por causa mía y por aceptar el evangelio, la salvará. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si pierde la vida? O también, ¿cuánto podrá pagar el hombre por su vida? Pues si alguno se avergüenza de mí y de mi mensaje delante de esta gente infiel y pecadora, también el Hijo del hombre se avergonzará de él cuando venga con la gloria de su Padre y con los santos ángeles. (Marcos 8:34-38)

En pocas palabras, los discípulos de Jesús serían aquellos que conscientemente le acompañasen a su muerte y, lo que es más difícil, que estuviesen dispuestos a perder la vida con Él. Aquel que no lo hiciese no gozaría de su amistad.

A menudo queremos que Dios haga lo que deseamos. La realidad bíblica nos confronta y nos dice que gozar de la amistad de Dios tiene un precio de cruz. Dios no existe para servirnos, nosotros le servimos a Él. No podemos reprender sus caminos, pues Él es el Maestro por excelencia y nadie iguala su sabiduría. Somos nosotros los que debemos aprender de Dios. Somos nosotros quienes le necesitamos.

Si pensamos en Dios como Padre y nuestra vida como su casa podemos recordar la ilustración que se menciona a inicios de este escrito. Como personas nos rebelamos en nuestra ignorancia. No entendemos las circunstancias y creemos que nuestro juicio es mejor que el de Dios. Pero como Señor de tu vida Dios te confronta y te hace saber que Él ve más que tú. Y lo que es más serio, para disfrutar de su amistad debes confiar en Él y no entristecerle.

Es tiempo que como discípulos de Jesús caminemos junto a Él hacia la cruz. Dios sabe mejor que nosotros.

Preguntas de reflexión:

1. ¿En qué áreas difieres del consejo de Dios?

2. ¿Cuál es tu opinión de que Dios tenga condiciones para recibir su amistad?

3. ¿Cuál es la cruz que debes tomar hoy para seguir a Cristo?

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