La vida, el proyecto infinito

“… el ser humano sólo se siente plenamente humano cuando trata de ser super-humano, pues entonces se vivencia a sí mismo como proyecto infinito…” –Leonardo Boff (Espiritualidad, p. 14)

El gran escritor ruso Lev Tolstói escribió un cuento corto llamado Cuánta tierra necesita un hombre en el que cuenta sobre la vida de un campesino llamado Pajom. Un día, mientras Pajom hablaba acerca de la buena vida de esos que viven en el campo, dijo: “¡La única pena es que disponemos de poca tierra! ¡Si tuviera toda la [tierra] que quisiera, no tendría miedo de nadie, ni siquiera del diablo!”. Lo que Pajom no sabía era que “[e]l diablo se había sentado detrás de la estufa y lo había escuchado todo”.

«De acuerdo ­––pensó el diablo––. Haremos una apuesta tú y yo: te daré mucha tierra y gracias a ella te tendré en mi poder.» Luego Pajom escuchó muchas buenas ofertas de tierras a la venta. Vez tras vez, al escuchar cada una de esas ofertas, él vendió todo lo que tenía y se mudó con su familia. Al final de la historia, Pajom llegó a una gente llamada los bashkirios, quienes le ofrecieron por un excelente precio toda la tierra que pudiese marcar desde que saliese el Sol hasta que se pusiese. Pajom se levantó temprano y comenzó a marcar un gran territorio para finalmente, cuando justo se ponía el Sol y llegaba a los bashkirios que lo esperaban, caer muerto por desgaste físico. Su vida valió lo grande del territorio que marcó y el territorio cobró su vida.

¿Cuántas veces nuestra meta máxima de la vida no ha sido algo puramente terrenal? O poniéndolo en los términos de Boff, ¿cuántas veces no hemos vivido como proyecto finito?

Existen personas cuya metas son puramente terrenales (ej. una casa, una relación, un empleo, una preparación académica, un sueldo, etc), que al lograr lo que se proponen sienten que algo falta. Y dada su insatisfacción se proponen otras metas igualmente terrenales y así andan la vida… insatisfechos.

Jesús dijo unas palabras muy importantes que deben servir de brújula para nosotros sus seguidores: »No amontonen riquezas aquí en la tierra, donde la polilla destruye y las cosas se echan a perder, y donde los ladrones entran a robar. Más bien amontonen riquezas en el cielo, donde la polilla no destruye ni las cosas se echan a perder ni los ladrones entran a robar. Pues donde esté tu riqueza, allí estará también tu corazón (Mateo 6:19-21).

Los que nos llamamos seguidores de Cristo creemos en la vida eterna, es decir, que inmediatamente después que muramos o al final de los tiempos nuestra vida continuará junto a Dios. Esa fe nos guía a depositar riquezas en las cosas que realmente importan.

¿Cómo amontonar riquezas en el cielo? –nos podemos preguntar. Una respuesta muy tradicional nos llevaría por los caminos de la oración, del conocimiento bíblico y de una comprometida asistencia a los servicios eclesiásticos. Pero, a pesar de que estos elementos son disciplinas esenciales dentro del cristianismo, estos no constituyen el grueso de nuestra riqueza celeste. La vida misma, en su cotidianidad e informalidad, en el ambiente hogareño y amistoso, en lugares hostiles e incómodos, con toda su complejidad. Ella es la que produce riquezas. Pero sólo con vivir no nos enriquecemos.

En las palabras de Jesús encontramos nuestro «imperativo categórico». El primer mandamiento de todos es: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios es el único Señor. Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas.” Pero hay un segundo: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” Ningún mandamiento es más importante que éstos (Marcos 12:29-31).

Nuestra riqueza está en vivir amando a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, porque tenemos fe en que viviremos para siempre. Cuando entendemos esto nuestro pensamiento se vuelca a cosas totalmente mundanas. ¿Para qué trabajo? ¿Cómo trato a mi familia? ¿Tengo enemistades con alguna persona? ¿Ayudo al bienestar del planeta Tierra? ¿Cómo puedo ayudar a Juanito que se encuentra necesitado? ¿Cuál es el fin de mis estudios? ¿Cómo ayudo a construir mi país? ¿Qué debo cambiar para ser un mejor seguidor de Jesús?

Existe una satisfacción indescriptible cuando nuestro amor a Dios nos vuelca en servicio desprendido al prójimo y al mundo. Es en ese momento, cuando lo amamos todo, que nos sentimos plenamente humanos pues hacemos eso para lo que justamente fuimos creados: vivir plenamente esa interrelación con Dios y con todas las cosas. Dios nos ayude a que así sea hasta la eternidad.

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