Babel y la experiencia del Pentecostés

El pasado domingo, 27 de mayo de 2012, como todos los años, la Iglesia celebró una de sus fiestas más importantes, el día de Pentecostés. Las próximas entradas estarán dedicadas a hacer algunas asociaciones que nos alumbren acerca de qué significó esta experiencia y por qué es tan relevante a la Iglesia.

La torre de Babel

En aquel tiempo todo el mundo hablaba el mismo idioma. Cuando salieron de la región oriental, encontraron una llanura en la región de Sinar y allí se quedaron a vivir. Un día se dijeron unos a otros: «Vamos a hacer ladrillos y a cocerlos en el fuego.» Así, usaron ladrillos en lugar de piedras y asfalto natural en lugar de mezcla. Después dijeron: «Vengan, vamos a construir una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo. De este modo nos haremos famosos y no tendremos que dispersarnos por toda la tierra.»
Pero el Señor bajó a ver la ciudad y la torre que los hombres estaban construyendo, y pensó: «Ellos son un solo pueblo y hablan un solo idioma; por eso han comenzado este trabajo, y ahora por nada del mundo van a dejar de hacerlo. Es mejor que bajemos a confundir su idioma, para que no se entiendan entre ellos.»
Así fue como el Señor los dispersó por toda la tierra, y ellos dejaron de construir la ciudad. En ese lugar el Señor confundió el idioma de todos los habitantes de la tierra, y de allí los dispersó por todo el mundo. Por eso la ciudad se llamó Babel. (Génesis 11:1-9)

La historia primitiva de la torre de Babel contiene el germen de lo que será en tiempos neotestamentarios la experiencia de Pentecostés. Conocemos en el pasaje una humanidad unida en idioma y geografía que se proyecta hacia el futuro. En su conciencia no existe la necesidad de la separación. Las metas que se proponen son grandes y fabulosas. “Vengan, vamos a construir una ciudad y una torre que llegue hasta el cielo. De este modo nos haremos famosos y no tendremos que dispersarnos por toda la tierra.” –se decían.

Podemos cuestionar el papel de Dios como el que viene a desbaratar ese estado ideal. Hoy día existen tantas guerras, diferencias y discusiones entre los hombres. Anhelamos esa unidad pero nos resulta tan imposible. ¿Cuál fue la razón de Dios para separar lo que estaba unido? La razón fue que Dios no estaba en el proyecto; el hombre quería construir una ciudad y una torre por él y para él. La tentación de endiosarse siguió siendo recurrente como lo fue con Adán y Eva. Podemos ver aquí la actitud que nos relata Isaías:

Pensabas para tus adentros:
“Voy a subir hasta el cielo;
voy a poner mi trono
sobre las estrellas de Dios;
voy a sentarme allá lejos en el norte,
en el monte donde los dioses se reúnen.
Subiré más allá de las nubes más altas;
seré como el Altísimo.” (Isaías 14:13-14)

Dios no permite que el proyecto continúe y confunde los idiomas. Debe entenderse que Dios no niega el potencial humano de lograr sus proyectos. Es cuando el ser humano quiere llegar al cielo por sí mismo y olvida su fragilidad y necesidad de Dios que ese potencial es dañino. La unidad es importante, pero se dará idealmente cuando Dios esté presente.

Todo esto lo emprende el hombre por su cuenta: no se menciona para nada a Dios. Pero en ese momento empieza a actuar Yahvé. Bien enterado del fracaso del primer plan, pone en marcha su plan alternativo, que se puede calificar de castigo, pero que es prácticamente mejor que el plan ideal, ya que es más adecuado para una humanidad en la que la tentación del orgullo se hace irrefrenable cuando las posibilidades de dominio son casi ilimitadas. Es mejor una humanidad fragmentada, que palpa a diario su debilidad, sus límites como criatura. Cuando en esta humanidad fraccionada surge un gran imperio con poderío semejante al de la gente de Gn 11, se endiosan el pueblo y su emperador, que se convierten en azote de la humanidad. Los «castigos» de Dios son medidas saludables para esta humanidad concreta. La humildad de la condición humana se acepta más fácilmente desde la pobreza que desde la riqueza y el poder. ­–Andrés Ibáñez Arana (Para comprender el libro del Génesis, p. 87)

Babel y la Iglesia

Como hemos visto, en la historia de Babel existen dos elementos de suma importancia: la unidad y el idioma. El elemento “catastrófico” lo añade Dios cuando separa a la humanidad confundiendo su idioma. La unidad junto al potencial humano es un estado ideal, pero si con ello la humanidad olvida su estado de criatura y pretende inmortalizarse con sus propias fuerzas, es preferible que esté separada y no se entienda mutuamente. En la humillación y la separación, cuando llegar al cielo es imposible, es cuando el hombre espera que Dios baje a su encuentro y lo ayude a subir.

La experiencia cristiana del Pentecostés podemos entenderla como el inicio del proyecto de Dios para que la humanidad vaya al cielo: la Iglesia. Dios no viene a unir a gente orgullosa, sino aquellos que se saben pecadores y en necesidad de salvación. Ahora Dios no hará que todos los hombres compartan un sólo idioma pero sí una sola fe, la fe en Cristo Jesús. Pero como las Escrituras atestiguan, Dios le dará poder a sus seguidores para que les entiendan sean quienes sean los que les escuchen. El texto bíblico dice así:

Cuando llegó el día de Pentecostés, todos estaban reunidos en un mismo lugar. De repente, vino del cielo un ruido como de un viento muy fuerte, que llenó toda la casa. Vieron algo parecido a llamas de fuego que se separaron y se colocaron sobre cada uno de los que estaban allí. Todos quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en diferentes idiomas por el poder que les daba el Espíritu. (Hechos 2:1-4; énfasis mío)

La Iglesia surgió de la intención de Dios de unir a todos los pueblos en la fe en Jesucristo. Si el ser humano ha querido ir al cielo, Dios ha dispuesto el medio a través de Jesús. Abandonemos todo intento orgulloso de construir torres para nuestra propia gloria. Reconozcamos hoy que somos criaturas frágiles y que Dios ha dispuesto el medio para llegar al lugar más alto a través de Jesús de Nazaret.

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