Espiritualidad: Un camino de transformación (1)

Fue una casualidad, de esas fortunas que uno no se espera, el hecho de haberme encontrado este librito de Leonardo Boff (Sal Terrae, 2002). A continuación comparto con ustedes un resumen de cada capítulo del libro, que espero les abra el apetito y les motive a leerlo.

1. ¿Por qué la búsqueda de espiritualidad en nuestros días?

El tema de la espiritualidad debe situarse en el contexto de crisis y esperanza que atraviesa la humanidad en la actualidad. Es en medio de esa crisis que el ser humano se hace las preguntas importantes: «¿Qué estamos haciendo en el mundo? ¿Cuál es nuestro lugar en el conjunto de los seres? ¿Cómo asegurarnos un futuro que sea esperanzador para todos los seres humanos y para nuestra casa común? ¿Qué podemos esperar más allá de esta vida?» (p. 13).

La espiritualidad para Boff es una de las fuentes más importantes de inspiración para hacer cosas nuevas, nos da esperanza de ver resultados, satisfacción y capacidad de autotrascender. Debemos recordar que «los portadores permanentes de la espiritualidad son las personas consideradas corrientes y vulgares, que viven la rectitud de la vida y el sentido de solidaridad y que cultivan el espacio sagrado del Espíritu, ya sea en sus religiones e iglesias, ya sea en su modo de pensar, de obrar y de interpretar la vida» (p. 15).

La búsqueda de la espiritualidad en nuestros días se nos hace urgente porque los modelos materialistas que hemos heredado no son suficientes para sentirnos plenos y guiar nuestras vidas.

2. Espiritualidad: la transformación interior

Un dato interesante en este librito es la aparición del Dalai Lama como figura autoritaria en el tema. Una vez se le hizo la pregunta: ¿qué es la espiritualidad? A lo que él respondió: «La espiritualidad es aquello que produce en el ser humano una transformación interior» (p. 19). Una persona puede practicar una religión, pero si esta no provoca una transformación interior en la persona no es espiritualidad. «Una manta que no da calor deja de ser manta» (p. 19). La espiritualidad se renueva con el tiempo para transformar a las personas. «Lo que en general se llama «espiritualidad» no es más que el recuerdo de antiguos caminos y métodos religiosos. […] El manto debe ser cortado para ajustarse a la persona; no es la persona la que debe ser cortada para ajustarse al manto» (p. 20).

3. Distinción y relación entre espiritualidad y religión

El Dalai Lama en su libro Una ética para el nuevo milenio hace una distinción entre la religión y espiritualidad que Boff asume «plenamente»:

«Considero que la religión está relacionada con la creencia en el derecho a la salvación predicada por cualquier tradición de fe; una creencia que tiene como uno de sus principales aspectos la aceptación de alguna forma de realidad metafísica o sobrenatural, incluyendo posiblemente la idea de un paraíso o nirvana. Asociada a todo ello hay una serie de enseñanzas o dogmas religiosos, ritos, oraciones y cosas semejantes.

Considero, por otra parte, que la espiritualidad está relacionada con aquellas cualidades del espíritu humano –tales como el amor y la compasión, la paciencia y la tolerancia, la capacidad de personar, la alegría, las nociones de responsabilidad y de armonía…– que proporcionan felicidad tanto a la propia persona como a los demás. Ritos y oración, así como nirvana y salvación, guardan una relación directa con la fe religiosa; pero aquellas cualidades interiores no tienen por qué guardar tal relación. No hay, pues, ninguna razón por la que un individuo no pueda desarrollarlas, incluso en un grado muy elevado, sin recurrir a sistema filosófico o metafísico alguno».

4. Cuando la religión se olvida de la espiritualidad

Las religiones nos remiten a lo divino y espiritual, «pero ellas no son lo espiritual» (p. 31). En muchos momentos de nuestra historia las religiones se han aliado al poder y se han visto privadas de la espiritualidad. En lugar de «pastores» entre el pueblo han habido «autoridades eclesiásticas» sobre él. En vez de fieles «creativos» se han creado fieles «obedientes». En vez de una «fe madura» se ha propiciado el «infantilismo de la subordinación». «Y el resultado es la mediocridad, la acomodación, la ausencia de profetas y mártires y el enmudecimiento de la palabra inspiradora de nuevos ánimos y nueva vida» (p. 32).

5. La espiritualidad de Jesús: mística y política

Para Boff el cristianismo, «como camino espiritual y como Iglesia», se sustenta en dos experiencias fundamentales de Jesús: la experiencia mística y la experiencia política.

La experiencia mística de Jesús fue el sentirse Hijo de Dios y llamarle Abbá, «mi querido papá». Bajo esta concepción Dios tiene entrañas, se conmueve y se relaciona intimamente con su Hijo. «Entre Padre e Hijo hay una natural correspondencia» (p. 36). Gracias a esta experiencia de Cristo nuestra humanidad es dignificada y podemos «ser miembros de la familia de Dios, llevar a Dios dentro de nosotros y ser llevados por Dios dentro de Él» (p. 36). Boff critica al cristianismo porque «no ha conseguido universalizar esta experiencia y extenderla a todos los eres humanos, por más diferentes y humildes que sean» (p. 37).

La experiencia política de Jesús fue su predicación de contenido político-religioso. Su mensaje fue «la inminencia del Reino de Dios, que se encuentra ya en medio de nosotros. «Reino de Dios» significa la política que el Padre lleva a cabo en la historia y en Su creación» (p. 37). El Padre se hace parte de la historia para transformar sus hijos, la naturaleza y el universo. Para Jesús esa transformación del Reino comienza en los más pobres y, desde la interioridad del hombre, desencadena una red de transformaciones en el mundo entero.

6. Jesús predicó el Reino, y en su lugar vino la Iglesia

«Jesús no anunció ninguna Iglesia. Lo que anunció fue el Reino de Dios y la transformación interior (conversión)» (p. 41). La Iglesia surgió como la comunidad de creyentes en Jesús. Debe ser claro para nosotros que la experiencia de Jesús subyace a la Iglesia pero no es la Iglesia. Cuando la Iglesia se hace a sí misma la salvación comete un error. «La Iglesia, en cambio, debe ser como la vela encendida: lo que ilumina es la llama, no la vela; ésta no es más que el soporte para que arda la llama, irradiando luz y calor. La vela es la Iglesia, y la llama es Jesús y su experiencia fundante» (p. 42). Por lo tanto, la Iglesia debe existir para «rehacer la experiencia de Jesús». Es ahí donde la Iglesia se hace camino espiritual y representa un medio de espiritualidad.

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