Esa muerte inevitable

La muerte, ese tema del que huimos y que a menudo es fuente de nuestras reflexiones. Cuantos de nosotros no nos habremos sumido, al menos por unos breves momentos, en la desesperación que nos produce esa palabra innombrable. Y es que, como decía Miguel de Unamuno refiriéndose al filósofo Kant, nos resignamos a morir del todo.

Por su misma naturaleza, la vida es mortal. Y la muerte no ocurre al fin de la vida; se instala en el corazón mismo de la vida. Vamos muriendo continuamente, es decir, nos vamos desgastando al gastar las energías vitales, al consumir cada minuto de vida hasta acabar por morir. Morimos no porque alguien nos llegue a matar, sino porque la vida misma hospeda en su estructura a la muerte. Como modo de ser, la muerte revela el límite de nuestras posibilidades de vivir, de sentir, de entender y amar. El límite se hace notar en cada momento de la existencia y se manifiesta en un sentimiento de angustia y de impotencia. De esa angustia nadie nos puede curar porque constituye nuestra condition humaine. (Leonardo Boff, La cruz nuestra de cada día, p. 14)

Los seres humanos podemos morir en nuestra niñez, juventud y adultez por todo tipo de razones. Podemos morir por causas naturales, en accidentes o asesinados. No hay escapatoria. Todos morimos. Pero ya, dejemos esa línea de pensamiento tan lúgubre y acerquémonos un poco a la luz. Preguntémonos: ¿qué esperanza germina de la fe cristiana ante la inevitabilidad de la muerte? Utilizaremos el texto de Apocalipsis 2.8-11 para nuestra reflexión.

En el pasaje en cuestión nos encontramos con la comunidad de Esmirna, una iglesia que experimentó de manera intensa la inevitabilidad de la muerte frente a la pobreza, marginación y persecución. Habían en ese entonces unos llamados «judíos» que les calumniaban de manera que Jesús les aseguró que algunos de ellos caerían en la cárcel por poco tiempo. Dennis E. Johnson nos dice en su comentario de Apocalipsis, Triumph of the Lamb, que «las autoridades romanas no utilizaban la encarcelación para una contención a largo plazo sino para una custodia a corto plazo para esos esperando juicio o pena de muerte» (p. 74). «Manténte fiel hasta la muerte» fueron las palabras de Jesús a Esmirna, palabras que denotaban la inevitabilidad del martirio a algunos de sus fieles.

Contrario a lo que esperaríamos de Dios dados los eventos sorprendentes que leemos en las Escrituras, aquí Dios hizo consciente a esta comunidad de fe de los sufrimientos que le aguardaban. Pero aunque la muerte estaba tocando la puerta, Jesús les dio a esta iglesia fiel una promesa de vida: «el vencedor no sufrirá daño de la muerte segunda» (v. 11). ¿Por qué podían confiar en que esta promesa era real? Porque Jesús fue «el que estuvo muerto y revivió» (v. 8). La iglesia de Esmirna podía confiar en su Dios porque Jesús resucitó y tiene el poder de dar vida a sus fieles después de expirar.

Aunque nuestra situación contemporánea es muy diferente a la iglesia de Esmirna, igualmente todo ser humano tendrá que hacer frente a la muerte. Como dijo Boff en la cita más arriba, la muerte constituye parte de nuestra condición humana. Dios podrá hacer milagros sorprendentes mientras vivamos, pero todos, al igual que Lázaro, tendremos que encontrarnos cara a cara con la inexistencia. Al mantenernos fieles hasta la muerte el Señor nos otorgará «la corona de la vida», el regalo de la vida eterna. Solo así encontraremos descanso y esperanza frente a este evento que se acerca inevitable. Porque Jesús «estuvo muerto y revivió» nosotros moriremos y reviviremos.

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