Si la gente cambia, Dios cambia: Acercándonos de manera razonable al misterio de la divinidad y un llamado a la inclusión de los marginados

De inicio haremos cuatro grandes afirmaciones: 1) No siempre se ha entendido al Dios de la Biblia de la misma manera tanto dentro como fuera de ella. 2) Dentro de la Biblia se ve un patrón en el que Dios va rompiendo prejuicios y afirmando la inclusión de aquellos que eran marginados. 3) A veces proyectamos las costumbres y tradiciones de nuestra cultura en Dios de manera que Dios se parece a nosotros y marginamos a aquellos que nuestra cultura margina. 4) A causa de la mejor revelación de Dios que poseemos, que es Cristo, debemos amar sin reservas y adoptar una posición de inclusión lo más amplia posible. Tengamos estos cuatro puntos en mente pues enmarcarán el mensaje.

En I Samuel 1 nos encontramos la historia de Elcana y su familia. Elcana tenía dos mujeres: Ana y Penina. Ana era estéril pero Penina era muy fértil y tenía hijos e hijas. Ambas eran rivales desde hacía muchos años. Penina ofendía constantemente a Ana burlándose de su esterilidad: Dios la había castigado. Ana lloraba, no comía, se sentía menos porque Dios le había hecho mal a los ojos de su sociedad… y ella lo creía.

Un detalle que debemos tener en cuenta a la hora de interpretar el relato (y la Biblia en general) es que la cultura es patriarcal, es decir, el hombre en ese entonces era la cabeza de la casa y sociedad. En este orden social la mujer quedaba relegada a la función de esposa y madre. La fertilidad era alabada como la bendición de Dios sobre la mujer mientras la esterilidad como una maldición de parte de Dios. La presión sobre las mujeres era tremenda. “Dame hijos, porque si no, me voy a morir.” –le dice una mujer estéril a su marido en el libro de Génesis. A lo que su esposo le responde: “¿Acaso soy Dios? Él es quien no te deja tener hijos” (Génesis 30.1-2). Notamos que la visión que se tenía acerca de la esterilidad marginaba a la mujer. Se presentaba ante las mujeres una marginación doble: 1) un Dios que les había hecho mal sin explicación alguna y 2) una sociedad que interpretaba su esterilidad como una maldición. No nos debe sorprender entonces que Ana haya caído en una profunda crisis, que haya orado con tanto ahínco y que haya pedido un varón para que la sociedad la viera como bendecida.

La figura por excelencia en el relato de I Samuel 1 es el esposo de Ana, Elcana. Nos dice el v. 5 que él “la amaba mucho” a pesar de su esterilidad. En el v. 8 él afirma su compromiso con ella, que no dependía de si ella tenía hijos o no. Él la amaba tal cual y la trataba con cariño. Podemos entonces notar el profundo daño que provocó en Ana la opinión que se tenía acerca de la esterilidad. Ni siquiera un esposo amoroso pudo cambiar la opinión negativa que tenía de sí misma. Nos podrá chocar, pero ni siquiera el Dios que se presenta en el pasaje hizo algo para alivianar el prejuicio. Dios contestó la oración afirmando que la bendición venía a través de un hijo, no diciéndole a Ana que así estéril como era de todos modos era querida por Él. Podemos afirmar aquí que el texto está bien situado en su cultura y que Dios es explicado desde los valores que esa cultura poseía.

Si fuésemos a sacar una enseñanza universal del texto bíblico que leímos esta sería algo así: “La esterilidad es mala. Le bendición de Dios viene únicamente a través de los hijos, y en especial si son varones. Aquellas mujeres que son estériles deben clamar a Dios para que sane su infertilidad”. En este momento debemos sentirnos algo perturbados. ¿Cómo es posible que de la Biblia podamos sacar algo así? Creo que es tiempo que los cristianos adoptemos una visión más balanceada sobre la naturaleza de la Biblia.

Lo primero que debemos decir es que la Biblia no presenta una única imagen de Dios. No se sorprenda de que el Dios guerrero que manda a matar mujeres y niños en el Antiguo Testamento le resulte incomprensible. La visión del Dios israelita en ese entonces provenía de una cultura tribal donde las guerras entre clanes eran comunes y cada tribu tenía un dios que le representaba y que justificaba sus esfuerzos. El mandamiento de Jesús de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos, incluso a nuestros enemigos, nos da una perspectiva de Dios más clara y altruista que la dada en el Antiguo Testamento.

Antiguamente, antes que se tuviera una consciencia del diablo como una fuerza espiritual en completa oposición a Dios, se pensaba que Dios era tanto el causante de lo bueno como de lo malo. En el libro II Samuel 24 Dios incita a David a censar al pueblo de Israel para luego castigarlo. En el censo se contaba el número de hombres capaces de ir a la guerra, acción que suponía una desconfianza en el poder de Dios para salvar. Luego, en I Crónicas 21.1 es el diablo el que incita a David. ¿Fue Dios el que incitó el censo o fue el diablo ? Algunos intentan armonizar estos textos, pero la realidad es que el libro de Samuel y el de Crónicas fueron escritos en tiempos diferentes bajo influencias culturales diferentes. Respecto a si Dios incita a la gente a hacer lo malo, el libro de Santiago nos dice: “Cuando ustedes sean tentados a hacer lo malo, no le echen la culpa a Dios, porque él no puede ser tentado, ni tienta a nadie a hacer lo malo” (1.13). Más aún, Jesús nos enseña a través de los Evangelios que el enemigo de la humanidad es Satanás, no Dios.

Notemos cómo se fue afirmando progresivamente en el texto bíblico la bondad de Dios. En el Nuevo Testamento se dice que Dios nos ama tanto que envió a Jesús, no para condenarnos, sino para vencer el poder destructor del pecado, a Satanás y a la muerte para finalmente darnos la vida eterna (Juan 3).

Además de cambiar la perspectiva de quién es Dios, también en el texto bíblico se ve un patrón en el que se van abandonando los prejuicios hacia ciertas personas en favor de su inclusión. En Deuteronomio 23:1 dice “El que tenga los testículos aplastados o amputado su miembro viril, no podrá ser admitido en la congregación del Señor”. Esto es algo semejante a lo que luego se llamaría un eunuco. Notemos cómo cambia la opinión sobre los eunucos en el texto de Isaías 56.4-5: Porque el Señor dice:
«Si los eunucos respetan mis sábados, y si cumplen mi voluntad y se mantienen firmes en mi alianza, yo les daré algo mejor que hijos e hijas;
les concederé que su nombre quede grabado para siempre
en mi templo, dentro de mis muros; les daré un nombre eterno, que nunca será borrado. El caso más extremo del abandono de prejuicios lo vemos en Jesús, quien se rodeó de personas que su sociedad y que las mismas Escrituras hebreas habían catalogado como inmundas. Él rompió moldes y extendió el amor de Dios a los marginados de la sociedad.

¿Qué nos enseña el testimonio bíblico de manera global? –nos podemos preguntar. En mi opinión, nos enseña que Dios no se agota con nuestros pobres discursos. Podemos pensar que alguien, por no ser como nosotros, es rechazado por Dios. Pero como podemos notar en el testimonio bíblico, Dios trasciende nuestros prejuicios y extiende su gracia en aquellos que creemos no la merecen. La vida, muerte y resurrección de Cristo nos enseña que Dios amó a toda la humanidad. Por consiguiente, debemos tener cuidado de cómo interpretamos la Biblia. Mi esposa me dijo una vez unas palabras que creo recordaré toda la vida: “La Biblia no se lee, se estudia”.

Pablo dijo en I Corintios 13.11-13: Ahora vemos de manera indirecta, como en un espejo, y borrosamente; pero un día veremos cara a cara. Mi conocimiento es ahora imperfecto, pero un día conoceré a Dios como él me ha conocido siempre a mí. Tres cosas hay que son permanentes: la fe, la esperanza y el amor; pero la más importante de las tres es el amor. Si Pablo, el apóstol de los gentiles, aquél que dijo que le imitásemos, fue capaz de decir que su conocimiento acerca de Dios era imperfecto, ¿cuanto más nosotros debemos ser humildes en nuestras afirmaciones sobre Dios? Pero sí hay algo que podemos afirmar con toda seguridad.

Si nuestra proclamación acerca de Dios no está enmarcada por el amor, si nuestro mensaje mata la fe y ahuyenta la esperanza, entonces es mejor guardar silencio. Podemos, sin proponérnoslo, impedir que gente se acerque a Dios debido a nuestros prejuicios.

Nos ayude el Señor a hablar de Él con prudencia y sabiduría. Amén.

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