Tiempo de Trascendencia: El ser humano como un proyecto infinito (6)

Continuamos nuestra reflexión del libro Tiempo de Trascendencia: El ser humano como un proyecto infinito de Leonardo Boff (Sal Terrae, 2001).

6. Todo lo que está sano puede enfermar: La pseudotrascendencia

Existen experiencias de vida que a primera instancia parecen trascendentes pero en realidad son imitaciones. Para Boff, “todo ese universo del marketing, del show bizz, del entretenimiento nacional y mundial, es el campo donde se produce una experiencia de pseudotrascendencia” (p. 57). La emoción que embarga a adolescentes al entrar en contacto con un artista es en apariencia lo máximo, pero esta no transforma la realidad, no eleva al ser humano, no le hace salir de sí mismo. Las drogas llevan al hombre en un fantástico viaje pero todo es artificial. Después del efecto de la droga la vida continuará y las obligaciones de nuevo nos esclavizarán. La trascendencia no consiste en vivir cortos momentos de intensa emoción.

Podemos evaluar si una experiencia es trascendente si esta “ayuda a enriquecer y asumir la cotidianeidad”. La trascendencia “amplía nuestra libertad… nos proporciona más energías para afrontar los desafíos de la cotidianeidad, común a todos los mortales… [y] nos hace más compasivos, generosos, y solidarios” (p. 58).

Nunca trascenderemos si pensamos lo negativo de la vida como algo extraño a la misma. El “enraizamiento” humano es nuestra limitación. La trascendencia sobrepasa esas limitaciones y transforma la realidad. La trascendencia y la inmanencia son parte de nuestra única condición humana.

Las pseudotrascendencias explotan, pues, esa capacidad que tiene el ser humano de «ir más allá», pero no le confieren la experiencia de una plenitud duradera. No es la droga lo que permite la experiencia del viaje, sino la química presente en la droga. Es diferente el viaje realizado a partir de una labor de búsqueda de la propia identidad y de un camino espiritual más arduo. Una labor en la que domesticamos progresivamente a los demonios que nos habitan, sin reprimirlos, sin recortarles los cuernos, sino controlándolos y encauzando su poderosa energía en favor de nuestro crecimiento. Porque ellos enseñan una experiencia más global de la realidad, permitiendo que la luz ilumine las tinieblas y que nuestra parte sana cure nuestra parte enferma. Esta es la experiencia de trascendencia fecunda, verdaderamente humana. (p. 59)

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